Primera Flor de Santidad

400 AÑOS DE LA MUERTE DE SANTA ROSA DE LIMA

Un 24 de agosto de 1617, fiesta de San Bartolomé la existencia terrena de la terciaria de la Orden de Santo Domingo tocaba a su fin tras un periodo de penosa y larga enfermedad, de una entrega total a Cristo y a los hombres. Exhaló el último aliento de vida con la alegría de irse para estar junto a su amadísimo Salvador. Solo contaba con 31 años.

Han transcurrido cuatro siglos desde aquel día, en el que la ciudad virreinal de Lima se apeaba a la casa de una mujer santa, que había pasado a la Casa del Padre, para interceder desde allí por su pueblo y por las numerosas naciones y personas que a lo largo de estos años la honrarían. Las fuerzas armadas, la policía Nacional así como el cuerpo salud, de modo especial las enfermeras, la invocan como su patrona y protectora.

De sus biógrafos sabemos que Rosa de Santa María era una mujer fuerte. Sus padres sufrieron una aguda crisis económica en los negocios familiares y tuvieron que soportar las penalidades de la estrechez y las limitaciones materiales. Ella misma pasaba varias horas cultivando un huerto en el solar de la casa de sus padres y durante varias noches se desvelaba haciendo costuras.

Ya desde muy pequeña se propuso no vivir sino para amar a Jesucristo. Su cabellera y su lozana hermosura eran el motivo de que muchos jóvenes la pretendían y querían contraer nupcias. Causo disgustos a su familia, cuando ella se negó en retundo casarse con un caballero de alta clase social que podría salvarlos de la situación económica y brindarles un porvenir brillante. Pero ella se había propuesto al igual que Santa Catalina de Siena en dedicarse únicamente a amar a Jesucristo.

Las palabras de su divino Esposo “Rosa conságrame a mí todo tu amor” en sus desposorios caló hondamente en su corazón y se desbordo en la atención que dio a tantos dolientes y enfermos. Se ponía en las manos de la Providencia divina, y obtenía en favor de ellos algunos privilegios. Cierto día, Rosa pidió a Dios en su oración que llueva un poco dado que los campos y sembríos se estaban secando por la sequía. Los que la conocieron decían que su amor a Dios era tan ardiente que cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía.

Muchas son las cosas que nuestra santa nos ha legado en la posteridad. Nuestro país se encuentra fuertemente convulsionado por las crisis sociales. Es preciso volver la mirada y plasmar en nuestras vidas lo que esta santa limeña nos muestra. Que ella interceda y bendiga a todos los peruanos.

Pbro. Marvin Leonel Cárdenas Espíritu

Fuente: Sánchez-Concha, Rafael. “Santos y Santidad en el Perú Virreinal”. Vida y Espiritualidad, 2003

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