“AL PARAISO TE LLEVEN LOS ANGELES…”

“Siervo bueno y fiel, entra al gozo de tu Señor” (Mt 25, 14)

Cuando las últimas horas del 24 de junio llegaban a su fin, el P. Vicente Fernández cruzaba el umbral del cielo para darle el abrazo eterno al Padre Celestial, recibir la “corona que no marchita” y recibir un beso de la madre del cielo, a quien tantas él trato con devoción especial.

La noticia de tu partida nos ha dejado muy conmocionados. Esperábamos tenerte mucho más entre nosotros. Lo que hacemos ahora es orar y dar gracias al Altísimo por todo lo bueno que has hecho en esta Iglesia particular que es la Prelatura de Yauyos. Muchas cosas se pueden decir del Padre “Chente”, familiarmente conocido por estas tierras y fuera de ella, permítanme compartir algunas.

Pude conocer al Padre Chente cuando me encontraba estudiando en el Seminario Menor. En uno de esos años nos predicó los ejercicios espirituales. Su porte externo denotaba un hombre de carácter fuerte. Su predicación muy consecuente a su estilo de voz retumbo en las paredes del oratorio y calaron en nuestras mentes adolescentes. Por él pude conocer que había trabajado en sus años mozos en las alturas de San Mateo de Huanchor y en Matucana. Me dijo: “Así que tú eres matucanino, papa menuda”. Siempre lo veía en las misas solemnes que presidia el Obispo con su elegante roquete y sotana morada como maestro de ceremonias. Ya en el Seminario Mayor, cuando era Rector del Santuario, pude conocer los rasgos de su personalidad y carácter. Era un maestro en lo que atañe al decoro de las cosas sagradas. Fue durante el año de mi práctica pastoral como seminarista comprobé en el Padre Chente a ese hombre de Dios fuerte y bondadoso a la vez. Exigente como padre y bondadoso con corazón de madre. La cruz apareció en su vida como una señal, pero lejos de disminuir su ministerio, fue para él su compañera de la vida. Puedo recordar sus pasos arrastrados y cansados luego de esas maratónicas diálisis a la que sometía. El día de mi ordenación recuerdo como sus ojos estaban hasta las lágrimas en el besamanos, eso le ocurría cada vez que la Prelatura se alegraba con la unción de un nuevo sacerdote. Me prometió acompañarme para mi primera misa, incluso entre bromas me dijo que iba a ser el maestro de ceremonias, pero tuvo que desistir por su salud.

Durante el primer año de mi sacerdocio me pidió que le apoyará a confesar en la iglesia de las carmelitas. Ahí podía ver como a veces la enfermedad hacía mella en su salud, pero aún así con valentía y temple que solo el Señor da a los que se lo piden, se unía al Santo Sacrificio. Recuerdo las cuatro veces que me resondró, con firmeza pero con cariño. Siempre quería lo mejor para mí y para la Iglesia. Eso busco en todos los sacerdotes que lo hemos conocido y tratado.

Echaré de menos que cuando nos encontrábamos me solías decir “Chinín”. Muchos nos sentimos que hemos perdido a un padre, un hermano y un amigo. Pero con la seguridad de que desde el cielo seguirás los pasos de esta iglesia peregrina acompañado de esos pioneros que hicieron de su vida una “aventura en los Andes”.

Pbro. Marvin Leonel Cárdenas Espíritu

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